vincha  punzóinicio.html
 

Dedico esta breve descripción de la batalla de Tucumán a HANNON que como historiador, especialista en el arte de la “bellum”, quizás no haya leído nada que se le parezca.


El texto completo  de esta insólita batalla y de esta guerra forma parte de La historia Critica del Caos Argentino EGH.


El protagonista Manuel Belgrano era abogado, no era militar, solo las circunstancias aciagas para las armas criollas lo pusieron al frente de un “ejercito” (en realidad un conjunto de hombres motivados, sin ninguna preparación militar) al que le trasmitió su fervor patriota.


Hasta hoy no he podido conseguir un plano con los movimientos de la batalla, tan difícil, en archivos históricos no lo hay y nadie los ha reconstruido ya que desde el punto de vista militar es poco explicable.


He tenido que armarla siguiendo testimonios, cartas y los pocos textos que la describen en generalidad. Con ayuda de amigos expertos estamos tratando de levantar el plano de movimientos completos.


LA BATALLA


Estaba desde un principio destinada a la derrota de las fuerzas patriotas.

Enfrentarse a 4.000 soldados veteranos de guerra bien pertrechados dirigidos por militares de carrera; era poco menos que un suicidio.

Solo la desesperación y la suplica de un pueblo (el Tucumán) hizo que Belgrano se dispusiera a enfrentarse con tal fuerza oponiéndole solo 800 veteranos y 1200 gauchos sin experiencia bélica, mal armados, solo tacuaras (cañas) con chuzas en la punta, sin uniforme siquiera, buenos jinetes pero indisciplinados.


Belgrano descontó desde un principio una derrota en el frente de batalla y dispuso la resistencia en plena ciudad.

Mando cavar trincheras en las calles dispuso parte de sus poca artillería en esas calles y dejó una reserva de 600 al mando del Coronel Díaz Vélez un veterano de guerra y buen militar, que con ayuda de civiles estaba preparado a resistir hasta morir como dijera el propio Belgrano a la Junta de Gobierno en parte enviado a Buenos Aires.


El principio; una avanzada de 80 jinetes al mando del teniente Gregorio Araoz de Lamadrid (Tucumano) se topa de repente con el grueso del ejercito español que avanzaba, al mando de sus jefes, (con Pío Tristan –que era criollo- a la cabeza) por una amplia cañada cubierta por grandes pastizales y monte bajo de nogales (para aquellos que no están familiarizados con la geografía; una cañada es el cause antiguo – terciario- de grandes ríos diluvianos, ahora secos) por allí se dirigía el ejercito español hacia la ciudad de Tucumán.


Lamadrid sorprendido y en la desesperación de no tener ninguna posibilidad ni siquiera la de escapar, decide como único recurso poner barrera entre la avanzada y el ejército español.

Para ello y aprovechando la dirección del viento que lo favorecía prende fuego a los secos y altos pastizales y arbustos.

Esto provoca grandes llamaradas que impulsadas por el viento van a dar con la vanguardia española.


El viento, fuerte sudestada, se adueña de toda la cañada y hace que el ejército español se vea obligado a abandonar ese paso y dé un rodeo de más una legua (5 Km.) desviando su avance y terminar al sudoeste de la ciudad de Tucumán, ubicándose en un campo abierto (llamado campo de Las Carreras).


Belgrano informado de ello mueve sus tropas a ese lugar y llega antes que Pío Tristan dispone sus cuadros en situación desfavorable (pues tiene que formarlo en una hondonada) expuesto al fuego de los cañones españoles. Pío Tristan ordena su frente ala derecha, centro y ala izquierda en formación clásica.


Comienza la batalla;


En un último intento Belgrano saca de la hondonada a su ala derecha y le ordena enfrentarse a la formación española.


Ese ala compuesta exclusivamente por caballería (gauchos) al mando del coronel J. R. Balcarce avanza sobre el frente izquierdo español a galope tendido (ante la inferioridad numérica) con lanza (chuzas) en ristre golpeando sus guardamontes (cueros duros que cubrían los costados de los jinetes para protegerse de las espinas del monte espinoso, abundante en esa región) y gritando a viva y fuerte voz (como es costumbre entre el gauchaje)


Esta forma de ataque (a la no estaban acostumbrados los ejércitos españoles de formación europea) hizo que la caballería española se desbandara y en el desbande pasara sobre sus propias líneas de infantería que estaban detrás y al verse sorprendidos no pudieron enfrentar a la caballería de los gauchos que terminó a retaguardia de sus líneas.


En tanto la infantería criolla bien dirigida (eran todos porteños y los mas veteranos) avanzaron contra el centro español poniéndolo en desbande y quedando dueños del campo en ese frente, que no pudo usar su artillería pues esta fue capturada por la caballería gaucha que había llegado hasta la ultimas filas de la formación española quedando dueña de todo el parque y de 70 carretas con las municiones.


Aquí se produce otra más de las insólitas situaciones de la batalla.

Los gauchos, en la retaguardia española, se dan al pillaje (hay que tener en cuenta que no eran soldados, eran gauchos –peones rurales- reclutados para esa batalla hacia unos pocos días) las carretas y mulas capturadas estaban cargadas con monedas de oro y plata, y objetos de plata. Los jefes de esa caballería tratan de ordenar algunos gauchos y deciden llevar del campo de batalla los cañones enlazados y las carretas con municiones.


En tanto la infantería del centro que había desbordado a la infantería española al verse sin apoyo del ala derecha decide abandonar el campo y retroceder a la ciudad para resistir (según ordenes de Belgrano) que preocupado por la suerte corrida por su ala izquierda, que había sido derrota por el ala derecha española, incluso capturado a su jefe Cnel. Superi, decide recurrir en apoyo de ese frente, pero sin mayor esperanza ya que su centro y ala derecha estaba desorganizados y habían abandonado el campo de batalla.


Y allí lo mas insólito de toda esta batalla; se desata un fuerte ventarrón desde sector sur (ocupado por los criollos) con dirección norte (donde estaba el frente español) de tal naturaleza que provoca que una inmensa manga de langostas que estaban en los montes a espaldas de los criollos abandone los montes y cubra el cielo oscureciéndolo (de tal magnitud la manga de langostas) y fueran a incrustarse en la cara de los españoles que jamás habían vistos esos insectos y se desbandaron por completo, el golpe de las langostas sobre los cuerpos de la tropa los hacia dudar si eran metralla o insectos.


Esto provoco el desastre final y la recapturación del jefe Cnel Superí y permitió a los criollos organizar partidas para capturar prisioneros; cosa que hicieron prolija y metódicamente, hecho lo cual se organizaron alrededor de Belgrano que trato de juntar los hombres dispersos formar un nuevo frente ubicándose a retaguardia de Pío Tristan (abocado a juntar sus disperso ejercito y formar cuadros).


Al caer la tarde con Belgrano a sus espaldas pero sin saberlo Pío Tristan que había quedado dueño del campo de batalla (vacío), ya abandonado por los criollos, envió un ultimátum a la cuidad de Tucumán (todavía tenia 2.000 soldados con el) exigiendo la rendición so pena de incendiarla.

El Cnel. Díaz Vélez (jefe de la plaza, Belgrano lo había dejado a cargo de la ciudad) responde al ultimátum de Tristan diciendo que si incendia la ciudad antes iba a fusilar todos los jefes y oficiales españoles que tenia prisioneros entre ellos el Cnel Huici segundo jefe del ejercito español y al capellán.


Ante esta respuesta creyendo a los criollos capaces de tales actos Tristan duda y se hace la noche. Durante la misma Belgrano se ubica en formación a la retaguardia de Tristan y a la madrugada le hace llegar un ultimátum de rendición.

Tristán viéndose sin municiones ni cañones emprende la retirada sin contestar.


Belgrano envía un parte a Díaz Vélez ordenándole que con sus 600 hombres de caballería (porteños veteranos) hostigue la retirada de Tristan pero sin arriesgar batalla. Tristán abandona Tucumán dejando 453 muertos, 687 prisioneros, 13 cañones, 358 fusiles, 70 cajas de municiones, 87 tiendas de campaña y 39 carretas. Las bajas del ejército de Belgrano; 65 muertos y 187 heridos.


Nunca había ocurrido en las guerras de la independencia en suelo sudamericano una batalla tan desordenada (incluso difícil de comentar) y menos rodeada de hechos fortuitos tan insólitos que solo allí se dieron. Haciendo alusión a lo desordenado y desprolijo de la batalla Vicente Fidel López (un historiador argentino del siglo XIX) la calificó como “La mas gaucha de todas la batallas”.-


El articulo que sigue fue publicado en un medio de nuestro pais y me motivó para ensayar una suerte de “vidas paralelas”  entre Manuel Belgrano, olvidado por la necedad de mis compatriotas, y el encumbrado Jose San Martin, a quien le asignaron un lugar en nuestra historia que creo (modestamente) estuvo lejos de merecer (esto dicho sin olvidar nada).


Aqui el referido articulo escrito por Gustavo Ernesto Demarchi y publicado en el diario “Ambito Financiero” ( medio que debería dejar la historia y dedicarse a su “metier”; las finanzas )

“La Batalla de Tucumán no definió nada importante"


El 26 de septiembre se conmemoró del 193° Aniversario de la Batalla de Tucumán.


Con todo respeto por la conmemoración, debo señalar que la expresión “batalla definitoria” es errónea, la batalla de Tucumán fue de todo menos definitoria y, ni mucho menos, pudo convertirse en una «victoria clave para la historia de la independencia argentina y las campañas liberadoras de Chile y Perú».


En términos militares consistió en un enfrentamiento con una avanzada del ejército realista (1) y no con el grueso del éste, lo cual ocurrirá tiempo después en Vilcapugio y en Ayohuma, donde las fuerzas al mando de Belgrano terminaron siendo aplastadas de manera rotunda.


Estas derrotas, ocurridas en genuinos campos de batalla y no en escaramuzas mantenidas en los suburbios de ciudades (2) como Tucumán y Salta, fueron ciertamente definitorias, claro que en sentido inverso a lo que plantea en la Conmemoración.(3)


Por ello, el ejército que enfrentó Belgrano en la región puede calificarse de «realista» pero no de «español»: sus comandantes, Goyeneche y Tristán eran tan criollos como los nuestros y la mayoría de sus soldados lo era también. (4)


Esto quiere decir que, mientras que para Buenos Aires la batalla de Tucumán fue un hito en la gesta independentista (y así lo festejó el Río de la Plata), para la gente del Norte se trató de una de las primeras batallas de una guerra civil en ciernes que habría de transcurrir durante los siguientes cuarenta años. (5)


Mitre habría agrandado los modestos triunfos de Salta y Tucumán (6) para presentarlos-«empatando» con las tremendas derrotas que sufrió el creador de la bandera en Vilcapugio y Ayohuma.”

Comentario que me merece al articulo citado


1 - El autor de la nota no tiene la menor idea de lo es una “avanzada” militar.           La fuerza que comandaba el General Pío Tristan estaba integrada por 4.000 hombres; veteranos de guerra con un importante parque y poder de fuego, fuerzas de las tres armas; infantería, caballería y artillería.                                

Esto en las guerras de la independencia sudamericana era un ejército, fueron muy pocas la batallas donde se enfrentaron fuerzas superiores a los cinco mil hombres por bando.               


En Chacabuco San Martín dispuso de 3.500 contra los 2.000 que dispuso el Brigadier Maroto ( jefe español) esta batalla duro 3 horas comenzó a las 11 y a las 13 el resultado era incierto ante la falta de órdenes por parte de San Martín que no podía mantenerse sobre su caballo por su estado de embriagues, el General Soler por su cuenta –sin orden de su jefe (don José) arremetió con su división por el ala izquierda sorprendiendo a los españoles a los que casi duplicaban en número.


Que no hubieran dicho los denostadores de Belgrano si éste hubiera estado borracho en alguna de las muchas batallas que dirigió personalmente (varias mas que San Martín)


En Maipú San Martín (contó con una infantería de 4100 soldados y una caballería de 1200 granaderos mas 22 piezas de artillería de varios calibres, los españoles al mando de Osorio sumaban 4.500 en total y tan solo 12 piezas de artillería.

El resultado de la batalla fue un craso error que cometió Osorio al mover sus posiciones de forma tal que dejo a San Martín la posibilidad de un ataque oblicuo sobre su retaguardia.


San Martín en todas la batallas que condujo contó con superioridad numérica y de potencia de fuego sobre sus adversarios. Belgrano todo lo contrario; jamás libro un batalla donde no estuviera en inferioridad numérica y poder de fuego.


La “avanzada”, como la nombra el autor de la nota, operaba a 1.000 Km. de distancia de cuartel general.

Seria algún general tan idiota de enviar una “avanzada” a 1.000 Km. de distancia, en esa época, (año 1812) cuando las marchas eran de 12 a 15 Km. por día.

Una “avanzada” que operaba, medida en tiempo, a 60 días distancia de su Cuartel General. Ni aun hoy -con transportes aéreos- se establece una avanzada a esa distancia.

El autor de nota; o es dueño de una ignorancia insuperable, o su perversidad por denostar a Belgrano lo llevó a escribir la sarta de disparates citadas.


2 Este “genio” de la historia militar no leyó ni la carátula de obra alguna sobre el tema.

¡ Así que una batalla para ser tal debe librase a campo abierto !, si se libra en las cercanías de un centro urbano no es batalla es “escaramuza”.


Bien en la “escaramuza” de Tucumán se enfrentaron en total 6.000 soldados ( 500 mas que en Chacabuco) y hubo 400 muertos españoles y 150 “criollos”; casi el 10% de los combatientes.


Belgrano quedo dueño del campo de batalla con 700 prisioneros (4 coroneles y el capellán del ejército español, por que esa “avanzada” llevaba un capellán; no era moco de pavo) 13 cañones (uno mas de los dispuso el ejercito español en MAIPU) 40 carretas con 70 cajones de municiones, 400 fusiles y 90 tiendas de campaña; ¡ vaya “avanzada” ! Justo como para librar una “escaramuza” en los suburbios de una ciudad y no en un “genuino campo de batalla”.


Hablando de “escaramuzas” (aplicando el concepto de Demarchi) linda fue la que libró en II guerra Mundial el mariscal Von Paulus en los suburbios de Stalingrado – mas de 200.000 de muertos.


3 ¿ Cual es el sentido inverso pretende hacernos creer Demarchi ?

Que Vilcapugio y Ayohuma fueron batallas definitorias para la suerte de las armas españolas, creo que al autor de la nota le faltó ver el final de la “película”.

Definitoria fueron JUNIN y AYACUCHO, estamos Demarchi, otro “chistoriador” para la salita 5.-


Ademas no se si sabe que Vilcapugio estaba ganada cuando por error un clarín de las filas criollas tocó a retirada causando un desbande y Belgrano tuvo que abandonar el campo en una batalla que los propios españoles daban por perdida.


4 El ser “criollo” fue una elección, que no la dio sólo el lugar de nacimiento.

Hubo una cultura, un modo de pensar y de vivir, un afán por la libertad en su más amplia acepción. Goyeneche, Pío Tristan y otros muchos mas nacidos en Sudamérica se sintieron siempre súbditos del rey de España, combatieron por ello, lo hicieron portando banderas y estandartes españoles, absolutamente convencido, de buena fe, por la causa que luchaban.


También hubo del otro lado muchos nacidos en España que “eligieron” identificarse con los “criollos” y combatieron a su lado (como el general Azcuénaga un viejo soldado español que se enroló en filas “criollas” antes del 25 de mayo de 1810).


5 Muchos historiadores han creído encontrar en las guerras por la independencia el origen de nuestra nefasta y prolongada guerra civil.

Eso pudo, o no, haber sido cierto en los primeros años 1810/1812. Pero no después de la Asamblea de 1813; ahí se perfilo claramente el espíritu separatista de la revolución.


Esta muy claro que, desde el punto de vista político la guerra civil fue el desencuentro de los “criollos” por la organización del nuevo estado independiente y la forma de gobierno a darse y no la condición de república (forma de estado) que ya nadie discutía cuando en 1825 se sublevó en Arequito el resto del ejercito Libertador, que venia del Alto Perú después de la batalla de Ayacucho (que dio fin a la guerra por la independencia de Sudamérica) dando comienzo a esa guerra fraticida.


Desde el punto de vista económico-social la guerra civil tuvo su motivación en el enfrentamiento de los terratenientes de la nuevas provincias recelosos de ver disminuido su poder político que les aseguraba poder económico.

Vieron en la constitución de los Estados Unidos una herramienta útil a sus propósitos y la hicieron suya, desde un comienzo.

Gervasio de Artigas es el prototipo de ello.

Hubo caudillos que se manifestaron partidarios del régimen unitario pero lucharon al lado de los federales, Facundo Quiroga fue uno de ellos.


Es que esa forma de organización política les aseguraba el dominio en sus tierras a la vez que les permitía invocar el manejo de las economías provinciales.

Se puede “simplificar” diciendo que importó la lucha de los terratenientes del interior contra los comerciantes porteños (Buenos Aires) por el predominio político-económico en la joven nación.


Al fin triunfó el federalismo, todos se dijeron triunfaron las provincias; pero no.

En la batalla de Pavón, Urquiza traicionó a las provincias y abandonó el campo de una batalla ganada entregándola a Mitre o sea a Buenos Aires, que aceptó una constitución federal pero jamás hasta el día hoy aceptó el federalismo económico, reteniendo los resortes de la economía para si.

Vale decir nuestro federalismo lo es a “medias tintas”.


6 Las batallas de Salta y Tucumán fueron evaluadas y consideradas como muy importantes mucho antes que Mitre fuera a la escuela para aprender a escribir.


Los generales; Belgrano, José Maria Paz (uno de los mejores estrategas de esa época) y Gregorio Araoz de Lamadrid, protagonistas de esas batallas, las describieron con detalles y ya en época se las consideró como muy importantes en la guerra por la independencia porque significaron el abandono por parte de los ejércitos españoles de la pretensión de bajar del Alto Perú.


El plan estratégico de Goyeneche era apoderarse de Tucumán y desde allí bajar hasta Santa Fe para establecer una cabeza de playa, ya que esa ciudad tiene puerto sobre el río Paraná signatario del estuario del Plata que la flota española dominaba por ese entonces, bajo la comandancia de Romarate.


Sé que en el mundo muchos escriben idioteces pretendiendo hacer historia pero en Argentina además se las publican, el nuestro es; “un país generoso”.

Suerte de paralelismo, entre Belgrano y San Martin.


Belgrano fue un intelectual, con dominio de las ciencias sociales (derecho, economía, política)


San Martin se limita a su carácter de militar, organizador , instructor, administrador.


Belgrano tuvo que actuar como militar y lo hizo ordenadamente como un strategos de la antigua Grecia. Tuvo que luchar en dos campos a la vez, el civil con una población hostil y contra un enemigo armado superior en recursos económicos.-


San Martin también tuvo que actuar como político (en Perú) pero fracasó rotundamente no estaba preparado para esas lides. De Lima estuvo que irse casi huyendo (querían matarlo) a su secretario lo mataron en la calle principal de lima. 

Para asistir a la entrevista de Guayaquil tuvo que anunciar su viaje en un barco y después en la oscuridad de la noche se subió a otro de incógnito, por temor a un atentado contra su persona.


San Martin como militar solo dirigió personalmente una (esta sí fue) escaramuza de San Lorenzo donde con 120 granaderos sorprendió a 90 marineros españoles que había bajado a tierra en busca de vituallas y en  dos batallas (Chacabuco y Maipu) en realidad las dos con reservas, en Chacabuco estaba fuera de la batalla la dirigió Las Heras, y en Maipu su indecisión fue salvadas por arenales.


Belgrano nació en el seno de una familia poderosa económicamente, y murió pobre sin recursos para sus exequias los amigos tuvieron que ayudar.


San Martin nace en el seno de una familia pobre, su madre viuda no podía pagarle los estudios, su verdadero padre (Jose De Alvear)  le costeó los estudios en una academia militar para hidalgos por cierto muy cara, por cierto ingreso a esa academia por recomendación de Alvear. Murió rico con una petit chateau, dinero en el banco y un buen pasar.

Cuadro comparativo


Fuerzas que dispusieron Belgrano y San Martin par librar la guerra en sus respectivos teatros.


EJERCITO DEL NORTE (1812)


Belgrano recibió en 1812 los siguientes restos del “ejercito” del Norte.


El ejercito

1.500 hombres,


Armamento

580 fusiles, 21 carabinas, 34 pistolas,

1 cañón de regular potencia y 1 cañón de montaña y

80 lanzas el resto de los soldados de caballería fueron armados con “chuzas”

Solo había sables para los oficiales,


Ese fue todo el armamento, que se dio a Belgrano para enfrentar a Goyeneche que disponía 9.000 hombres con un armamento 20 veces superior



EJERCITO DE LOS ANDES (1815)


San Martín inicio la campaña de Chile con los siguientes soldados argentinos solamente – (Chilenos aparte) y armamento dado por el gobierno argentino (aparte el armamento Chileno)


El ejercito


Más de 4000 soldados (caballería-infantería-artillería) y 1.500 milicianos.

La artillería

Dos obuses de seis pulgadas (2)

Siete cañones de batalla de a cuatro libras (7)

Nueve cañones de montaña de a cuatro libras (9)

Dos cañones de hierro de a una libra (2)

Dos cañones de diez onzas (2). Todos con sus respectivas cureñas y armones.

Las municiones

Trescientas granadas (300)

Doscientos tarros de metralla para obús (200)Dos mil cien tiros de bala (2.100)

Mil cuatrocientos tiros de metralla (1.400) para cañón

Dos mil setecientos tiros de bala para los cañones de montaña (2.700)

Treinta y un mil estopines (31.000)

Cuatro mil seiscientos cincuenta lanzafuegos (4.650)

Un millón de cartuchos para fusil a bala (1.000.000)

Quinientos mil cartuchos de fusil para fogueo (500.000)

Cuatro mil cartuchos para cañón, pero vacíos (4.000)

Trescientos morrones (300)

Trescientas teas (300)

Doce cohetes para señales (12)

Armas

Cinco mil fusiles con bayonetas completas (5.000)

Cinco mil fornituras de otro género (5.000)

Setecientas cuarenta y una tercerolas (741)

Mil ciento veintinueve sables con sus respectivos cinturones (1.129)

Setecientas cuarenta y una cananas completas (741)

Cuatro mil polvorines (4.000)


Si el gobierno de Buenos aires, Juan Martin de Pueyrredon, le hubiera provisto a Belgrano el ejercito que le dio a San Martín es muy probable que el Alto Perú (hoy Bolivia) hubiera sido independizado mucho antes que Chile y San Martín hubiera sido con suerte un oficial mas del Ejercito del Norte. (En “La Historia Critica del Caos Argentino” EGH- hoy en revision y ampliacion, me ocupo con mayor detalle y analisis sobre estos hechos y los protagonistas.-)


RESPECTO DEL TEMA CENTRAL digo que la batalla de Tucumán no fue  olvidada por la Historia (los enemigos de Belgrano, no pudieron hacerlo) pero si la desvirtuaron minimizando sus consecuencias y sus alcances y falseando la verdad histórica.

Por ello va en mis archivos al cajón de los olvidados.

Hoy 25 de septiembre de 1910 se cumple el 198 aniversario de la “INSOLITA BATALLA” y continúa aun asombrando a historiadores, militares , periodistas y a todos cuantos saben de aquella “gesta” Belgraniana.


El “Milagro de las Langostas” como un escritor llamó a esa batalla, aun es causa de investigación, incógnitas sin respuesta, aun no se han podido determinar los movimientos ulteriores de las tropas de los flancos derecho e izquierdo, el centro, ordenado, retrocedió ¿? victorioso, a las trincheras cavadas en la entrada de la ciudad.


Tengo como deber impuesto la tarea de investigar y poder armar un croquis detallando todos los movimientos hasta la mañana del dia siguiente en que Belgrano pudo recomponer un frente a espaldas de Pio Tristan y obligarlo a abandonar el escenario y emprender la retirada a Salta.


Sigo trabajando en esta tarea, quedan todavía algunos caminos difíciles pero no intentados, en fin.

Fue tan desordenada como “corajuda” la acción de los criollos dirigidos por un doctor devenido en General.


No hubo un mando unificado, por lo que escribí alguna vez que –para mi al menos- se trató del primer acto de reivindicación de una suerte de federalismo en el desarrollo de una batalla, después repetido en varias oportunidades en distintas batallas de la llamada “guerra civil” por la organización nacional. .

                                     

                                        --------------------FIN-----------------


“El milagro de las Langostas”.


Vea usted: teníamos todo para perder aquel día, pero igual nos moríamos de ganas por salir a degollar.

Todavía no había amanecido, y el general iba y venía dando órdenes en lo oscuro.

Cualquiera de nosotros, la simple soldadesca de aquella jornada, sabía que nuestro jefe no tenía ni puta idea sobre táctica y estrategia militar.

Que era hombre de libros y de leyes, pero que había aceptado obediente el reto de conducir el Ejército del Norte y pararles el carro a los godos.

También sabíamos, de oídas, que al enemigo lo manejaba con rienda corta un americano traidor: Pío Tristán, nacido en Arequipa e instruido en España; nos venía pisando los talones con 3000 milicos imperiales y habíamos tenido que vaciar y quemar Jujuy para dejarles tierra arrasada.

Muy triste, vea usted.

Fue en los primeros días de agosto de 1812.

Y el general les ordenó a los pobladores que tomaran lo que pudieran y destruyeran todo lo demás.

Le digo la verdad: el que se retobaba podía ser fusilado sin más trámite. No había muchas alternativas.

Ayudamos a arrear el ganado y a quemar las cosechas.

Yo mismo lo vi con estos mismos ojos, señor: al final cuando no quedaba nada ni nadie Belgrano salió a caballo de la ciudad y se puso a la cabeza de la columna. Íbamos en silencio, con sabor amargo, y tuvimos que cruzar tiros cuando una avanzada de los españoles jodió a nuestra retaguardia a orillas del río Las Piedras.

El general mandó a la caballería, a los cazadores, los pardos y los morenos. Meta bala y aceros.

Y al final, a los godos no les daban las piernas para correr, señor, se lo juro.

Sospechábamos que nos habían atacado con muy poco, pero nosotros veníamos de capa caída: darles esa leña y salir victoriosos fue un golpe de orgullo.

Voy a decirle la verdad: cuando Belgrano se hizo cargo éramos un grupo de hombres desmoralizados, mal armados y mal entretenidos.

Y al llegar a Tucumán no crea que habíamos mejorado mucho, aunque marchábamos con la moral en alto.

Ahí lo tiene a ese doctorcito de voz aflautada: nos acostumbró a la disciplina y al rigor, y nos insufló ánimo, confianza y dignidad.

Aunque en las filas no nos chupábamos el dedo, señor.

Pío Tristán nos perseguía con legiones profesionales, sabía mucho más de la guerra y caería sobre nosotros de un momento a otro.

Nos enteramos por un cocinero que incluso el gobierno de Buenos Aires le había dado la orden a Belgrano de no presentar batalla y seguir hasta Córdoba.

Pero el general había resuelto desobedecer y hacerse fuerte en Tucumán.

Adelantó oficial y tropas con la misión de que avisaran al pueblo que ya entraban para conquistar el apoyo de las familias más importantes y también para reclutar a todo hombre que pudiera empuñar un arma.

Había pocos fusiles, y casi no teníamos sables ni bayonetas, así que cuatrocientos gauchos con lanzas y boleadoras pusieron mucho celo en aprender los rudimentos básicos de la caballería.

Nosotros los mirábamos con desconfianza, para qué le voy a mentir. "¿Y estos pobres gauchos qué van a hacer cuando los godos se nos vengan encima?". La teníamos difícil, no sé si se da cuenta.

Y estuvimos algunos días fortificando la ciudad, armando la defensa, cavando fosos y trincheras, y haciendo ejercicios.

"Voy a presentar batalla fuera del pueblo y en caso desgraciado me encerraré en la plaza para concluir con honor", les dijo Belgrano a sus asistentes.

La noticia corrió como reguero de pólvora.

No tiene usted idea lo que es aguardar la muerte, noche tras noche, hasta el momento de la verdad.

Le viene a uno un sabor metálico a la boca, se le clava un puñal invisible en el vientre y se le suben, con perdón, los cojones a la garganta.

Uno no piensa mucho en esas horas previas.

Sólo desea que empiece la acción de una vez por todas y que pase nomás lo que tenga que pasar.

El general finalmente nos puso en movimiento en la madrugada del 24.

Avanzamos en silencio absoluto hasta un bajío llamado Campo de las Carreras y ahí estábamos juntando orina y con ganas de salir a degollar cuando apareció el sol y comprobamos que los tres mil imperiales nos tenían a tiro de cañón.

Miré por primera vez a Belgrano en ese instante crucial, señor, y lo vi pálido y decidido.

Hacía tres días nomás le había enseñado a la infantería a desplegar tres columnas por izquierda mientras la pobre artillería se ubicaba en los huecos.

Era la única evolución que habían ejercitado en la ciudad.

Pero los infantes lo hicieron a la perfección, como si no fueran bisoños sino veteranos.

El general ordenó entonces que avanzara la caballería y que tocaran paso de ataque: los infantes escucharon aquel toque y calaron bayoneta. Y antes o después, no lo recuerdo, dispuso Belgrano que nuestra artillería abriera fuego.

Varias hileras de maturrangos se vinieron abajo.

Volaban pedazos de cuerpos por el aire y se escuchaban los alaridos de dolor.

No puedo contarle con exactitud todos esos movimientos porque fueron muy confusos.

Sepa nomás que los godos nos doblaban en número, pero que igualmente les arrollamos el ala izquierda y el centro.

Y que su ala derecha nos perforó a los gritos y a los sablazos.

Tronaban los cañones y levantaba escalofríos el crepitar de la fusilería. Todo se volvió un caos. Nos matábamos, señor mío, con furia ciega y no se imagina usted lo que fue la entrada en combate de los gauchos.

Cargaron a la atropellada, lanzas enastadas con cuchillos y ponchos coloridos, pegando gritos y golpeando ruidosamente los guardamontes.

Parecían demonios salidos del infierno: atropellaron a los godos, los atravesaron como si fueran mantequilla, los pasaron por encima, llegaron hasta la retaguardia, acuchillaron a diestra y siniestra, y se dedicaron a saquear los carros del enemigo.

Eran brutos esos gauchos.

Brutos y valientes, pero aquel saqueo los distrajo y los dispersó.

Diga que los vientos estaban ese día de nuestra parte.

Y esto que le refiero no es sólo una figura, señor.

Es la pura realidad.

Vea usted: en medio de la reyerta se arma un ventarrón violento que sacude los árboles y levanta una nube de polvo.

Y no me lo va a creer pero antes de que llegara el viento denso vino una manga de langostas.

De pronto se oscureció el cielo, señor.

Miles y miles de langostas les pegaban de frente a los españoles y a los altoperuanos que les hacían la corte.

Los paisanos más o menos sabían de qué se trataba, pero los extranjeros no entendían muy bien qué estaba ocurriendo.

Dios, que es criollo, los ametrallaba a langostazos.

Parecía una granizada de disparos en medio de una polvareda enceguecedora.

Le juro que no le miento.

Un apocalipsis de insectos, viento y agua misteriosa, porque también empezó a llover.

Nuestros enemigos creían que éramos muchos más que ellos y que teníamos el apoyo de Belcebú.

Muchos corrían de espanto hacia los bosques.

Y con tanto batifondo, sabe qué, apenas nos dimos cuenta de que nuestra derecha estaba siendo derrotada y que armaban un gran martillo para atacarnos por ese flanco.

Nosotros, que estábamos un poco deshechos, nos encontramos entonces en el medio del terreno y haciendo prisioneros a cuatro manos.

Unos y otros nos habíamos perdido de vista, y el general cabalgaba preguntando cosas y barruntando que las líneas estaban cortadas.

Se cruzaba con dispersos de todas las direcciones y los interrogaba para entender si la batalla estaba ganada o perdida.

Y todos le respondíamos lo mismo: "Hemos vencido al enemigo que teníamos al frente".

Belgrano permanecía grave como si nos hubiéramos vuelto locos o si le estuviéramos metiendo el perro.

Ya no se oía ni un tiro, y mientras nuestro jefe regresaba a la ciudad, Tristán trataba de rearmarse en el sur.

La tierra estaba llena de sangre y de cadáveres, y de cañones abandonados.

Pero el peligro seguía siendo tanto que muchos patriotas debieron replegarse sobre la plaza, ocupar las trincheras y prepararse para resistir hasta la muerte.

Creyendo aquel miserable godo que era dueño de la situación intimó una rendición y advirtió que incendiaría la ciudad si no se entregaban.

Nuestra gente le respondió que pasarían a cuchillo a los cuatrocientos prisioneros.

Ya sabían adentro que Belgrano venía reuniendo a la caballería.

Pasamos la noche juntando fuerzas, cazando godos, despenando agónicos y pertrechándonos en los arrabales.

No tengo palabras para narrarle cómo fueron aquellas tensas horas.

Una batalla que no termina es un verdadero suplicio, señor.

Anhelábamos de nuevo que saliera el sol para que fuera lo que Dios quisiera.

Era preferible morir a seguir esperando.

Al romper el sol, el general había juntado a 500 leales.

No se oían ni los pájaros aquella madrugada del 25 de septiembre, y el jefe mandó entrar por el sur y formar frente a la línea del enemigo.

Estábamos cara a cara y a campo traviesa.

Eramos parejos y, después de tanta matanza, ahora el asunto estaba realmente para cualquiera.

Fue Belgrano quien esta vez intimó una rendición.

Les proponía a los realistas la paz en nombre de la fraternidad americana.

Tristán le contestó que prefería la muerte a la vergüenza.

Presuntuoso hijo de la gran puta, nos rechinaban los dientes de la bronca.

"Han de estar nerviosos -dijo mi teniente-, cuando un gallo cacarea es que tiene miedo."

Miramos a Belgrano esperando la orden de carga, pero el doctorcito tenía un ataque de prudencia.

Tal vez pensara que no estaba garantizada una victoria, y que no podía arriesgarse todo en un entrevero.

En esos aprontes y dudas estuvimos todo el santo día, maldiciéndolo por lo bajo y agarrados a nuestras armas.

Por la noche los españoles se dieron a la fuga.

Habían perdido 61 oficiales.

Dejaban atrás más de seiscientos prisioneros, 400 fusiles, siete piezas de artillería, tres banderas y dos estandartes.

Y lo principal: 450 muertos.

Nosotros habíamos perdido 80 hombres y teníamos 200 heridos.

Belgrano ordenó que los siguiéramos y les picáramos la retaguardia.

Los realistas iban fatigados, con hambre y sed, y en busca de un refugio.

Y nosotros los perseguíamos dándoles sable y lanza, y escopeteando a los más rezagados.

No le cuento las aventuras que vivimos en esas horas, entre asaltos y degüellos, entrando y saliendo, ganando y perdiendo, porque se me seca la boca de sólo recordarlo, señor mío.

Regresamos a Tucumán con sesenta prisioneros más y muchos compañeros nuestros rescatados de las garras de los altoperuanos.

Eramos, en ese momento, la gloriosa división de la vanguardia, y al ingresar a la ciudad, polvorientos y cansados, vimos que el pueblo tucumano marchaba en procesión y nos sumamos silenciosamente a ella.

Allí iba el mismísimo general Belgrano, que era hombre devoto, junto a Nuestra Señora de las Mercedes y camino al Campo de las Carreras, donde los gauchos, los infantes, los dragones, los pardos y los morenos, los artilleros y las langostas habíamos batido al Ejército Grande.

Créame, señor, que yo estaba allí también cuando el general hizo detener a quienes llevaban a la Virgen en andas.

Y cuando, ante el gentío, se desprendió de su bastón de mando y se lo colocó a Nuestra Señora en sus manos.

Un tucumano comedido comentó, en un murmullo, que la había nombrado Generala del Ejército, y que Tucumán era "el sepulcro de la tiranía".

La procesión siguió su curso, pero nosotros estábamos acojonados por ese gesto de humildad.

Había desobedecido al gobierno y se había salido con la suya contra un ejército profesional que lo doblaba en número y experiencia, pero el general no era vulnerable a esos detalles, ni al orgullo ni a la gloria.

No se creía la pericia del triunfo.

Le anotaba todo el crédito de la hazaña a esa Virgen protectora, y no tenía ni siquiera la precaución de disimularlo ante el gentío.

Nosotros tampoco sabíamos, en verdad que habíamos salvado la revolución americana, ni que el cielo había guiado el juicio de nuestro estratega ni que Dios había mandado aquellos vientos y aquellas langostas.

Recuerde: éramos la simple soldadesca y no creíamos en milagros.

Veníamos de merendar godos y altoperuanos por la planicie y todo lo que queríamos en ese momento era un vaso de vino y un lugar fresco a la sombra.

Pero mirábamos a ese jefe inexperto y frágil y lo veíamos como a un gigante.

Y lo más gracioso, vea usted, es que a pesar del cuero curtido y el corazón duro de cualquier soldado viejo, a muchos de nosotros empezaron a corrernos las lágrimas por el morro.

Porque Belgrano era exactamente eso.

Un gigante, señor. Un gigante.      

                                                                         (Por Jorge Fernandez Diaz - para La Nación)

Batalla de Tucuman - Oléo de Francisco Fortuny . 1865-1942

                   La  batalla de Tucuman - Oleo de Tomas del Villar

Escudo honorífico otorgado a la tropa tras la victoria de Tucumán para ser ostentada en sus uniformes

   Esteban   Gualberto   Hourcade

  (ex-miembro Academia Nacional Belgraniana Rca. Arg.)

ANEXO I : Salvando pequeños yerros –que no hacen a la esencia y admisibles en un escritor, no historiador- así recordó en magnifica e impecable forma novelada, el hoy redactor general del diario La Nacion.

  1. - EX  -  LIBRIX

  2. -Ediciones MANÉ (e/f)

  3. -Publicado en 2010

  4. -Revista Pax Celtibera

  5. -Wordpress - España